domingo, enero 27, 2013

En defensa de una buena política

He leído hoy, domingo 27 de enero, en El Correo el artículo de opinión de Daniel Innerarity “Una defensa de la política”. Defiende a los políticos cuando se les acusa de ser incompetentes. Y tiene razón que no todos los políticos son incompetentes. Y es verdad que ser un político competente es difícil porque los problemas que hay que resolver son complejos.

“Si los políticos y las políticas son vulnerables a la crítica es porque nosotros les hemos confiado esta misión, algo que parecemos desconocer  cuando se nos olvida que su incompetencia y desacuerdo se debe  a que les hemos trasladado los problemas que no se resuelvan mediante una competencia irrefutable. No es que ellos sean incompetentes, sino que los problemas que les hemos encomendado son irresolubles mediante una competencia profesional; se exponen a que descubramos su incompetencia porque hemos delegado en ellos los problemas en los que se concentra la mayor incertidumbre. Para que nuestra crítica fuera justa no deberíamos olvidar esta propiedad que hace de la política una actividad especialmente difícil, polémica e insegura.”, dice el autor, y termina su artículo diciendo, “Me temo que el actual linchamiento hacía una dedicación tan necesaria, aunque se justifique por la indignación que provocan los casos de corrupción o de negligencia, pone de manifiesto que no hemos comprendido bien hasta qué punto es necesaria la política en una sociedad democrática y cuáles son las limitaciones que proceden no tanto de la clase política  como de nuestra condición política.”

Una defensa de la política, si, pero de la buena política, porque la que estamos viendo no es muy buena. El autor se ha puesto en un plano bastante genérico y echo en falta concreción. Pienso que tiene razón en unos aspectos pero en otros no tanto. Hay que hablar también de los otros, de los que no habla.
Situaciones complejas no las hay solo en la política, también las hay en el mundo empresarial y laboral y muchas quiebras han tenido que ver con una falta de competencia. Es evidente que un político con alta responsabilidad debe tener una alta competencia, y profesionalidad. No en el sentido de un experto, “que sabe más y más sobre menos y menos” (Nicholas Butler), o que “es alguien temeroso de aprender algo nuevo, pues dejaría entonces de ser un experto” (Harry Truman). Pero de un líder que debe ser capaz de tomar decisiones a partir de la información que sus asesores “expertos” (tienen muchos, quizás demasiados) y colegas políticos (competentes) le suministran. El líder político debe entender su lenguaje y saber hacerles las preguntas adecuadas y pedirles respuestas que le permitan tomar decisiones. Y si expertos discrepan entre sí, debe ser capaz de distinguir qué experto probablemente tiene la razón. Esto es la profesionalidad que se exige a un político. Y políticos competentes deben ser capaces de reducir la burocracia a un mínimo necesario para que no sea un obstáculo para la economía. En el mundo actual, el líder político debe ser un gerente profesional, como se precisa en cualquier organización.

 Otro gran problema reside en el propio “sistema político” que tenemos. Un sistema bipartidista muy polarizado de derechas e izquierdas, nacionalistas y centralistas. Partidos políticos herméticos y poco democráticos internamente, dominados por “lobbies”,  “barones”, etc. Y que dan lugar a que el partido corre el riesgo de romperse cuando aparecen “progresistas” que reaccionan contra el lobby. Con listas cerradas cuando hay elecciones, que obliga a votar a un partido y no a personas que el votante considera competentes, en listas abiertas, porque además la mayoría de los políticos en las listas cerradas son gente prácticamente desconocida, de los que no se conoce su currículum. Un currículum es lo que se exige para cualquier puesto de responsabilidad en la vida privada para tener una mínima garantía de competencia de la persona. Un sistema político en el que hay una “lucha de clases” en lugar de una colaboración con preocupación social. Y una falta total de consultar a los ciudadanos.

 La Constitución Española empieza así:

 La Nación española, deseando establecer la justicia, la libertad y la seguridad y promover el bien de cuantos la integran, en uso de su soberanía, proclama su voluntad de:

·         Garantizar la convivencia democrática dentro de la Constitución y de las leyes conforme a un orden económico y social justo.

·         Consolidar un Estado de Derecho que asegure el imperio de la ley como expresión de la voluntad popular.”

  Qué curioso, en el lenguaje corriente no se habla de la “nación” española, sí de “nacionalidades” y del “estado” español.

 Así comienza la Constitución de los EEUU:

 We the People of the United States, in Order to form a more perfect Union, establish Justice, insure domestic Tranquility, provide for the common defence, promote the general Welfare, and secure the Blessings of Liberty to ourselves and our Posterity, do ordain and establish this Constitution for the United States of America.”
 

 Para todos los estadounidenses EEUU es la “nación”, no el “estado”. Están los “estados” federados.

 ¿Qué suena más democrático, “la Nación española” (sin citar a las autonomías), o “Nosotros, el Pueblo de los Estados Unidos”?

 En su discurso de inauguración de su segundo mandato ante el Capitolio, el presidente Barack Obama pronunció 7 veces la palabra “together”, 14 veces la palabra “people” y 3 veces “We, the people”. Algunos republicanos conservadores lo han llamado un discurso de izquierdas. ¿Ponerse del lado del pueblo es ser de izquierdas? ¿No somos todos pueblo, o hay gente que vive separado del pueblo? Esta polarización de derechas e izquierdas es en gran parte consecuencia de la enorme diferencia entre ricos y pobres que no ha hecho más que crecer y que es un obstáculo a la verdadera democracia, que es "el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo", palabras de Abraham Lincoln.

 Luego podemos hablar del bipartidismo, de la cuasi incapacidad real que un gobierno sea formado por más de un partido. (En un país que yo conozco están 6 partidos en el gobierno, y el más votado, que obtuvo la cuarta parte de los votos, no está). Que las decisiones se tomen con mayoría llamada “absoluta”, pensando que el 51% es algo absoluto. ¿Por qué no se obliga a que sea como mínimo el 60%, o los dos tercios? ¿Y por qué, en asuntos que afectan de manera importante al pueblo, no se recurre a la consulta popular? Entonces alguien diría, interesadamente, que con estas condiciones es imposible gobernar. Y tienen razón, mientras sigamos teniendo guetos políticos que no piensan en “el pueblo”, que somos todos. Los lobbies políticos ni son “del pueblo” ni “para el pueblo”.

 Defendemos la buena política, la que es de todos para todos.

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